Lo reconozco: cuando se lo conté a mis amigos y familiares, la mayoría me miró con una mezcla de envidia y de «este se ha vuelto loco». Teletrabajar desde una furgoneta camperizada en una ciudad mientras mi pareja va a su centro de trabajo no es lo más convencional del mundo. Pero llevamos meses así, casi casi 1 año, y os juro que hay días en los que no cambiaría esta rutina por nada.
Aunque también hay días en los que sí. Vamos a ser honestos. Sobre todo el día que hace calor y te torras, vamos con que haga más de 33º ya es suficiente jejejeje En estos casos me consuelo con pensar que solo estoy así la mitad de la semana, la otra mitad estoy en casa… para lo bueno y lo malo.
La mañana empieza antes de abrir el portátil
El primer reto del día no es la primera reunión, sino encontrar dónde aparcar, generalmente llegamos la noche de antes. Llevamos la camper a la ciudad porque aquí ella trabaja, a más de 200km de casa. No estamos de ruta, no buscamos un paisaje espectacular, buscamos tranquilidad para unos días. Estamos intentando que dos personas con trabajos distintos convivan en un vehículo de seis metros en medio del asfalto urbano.
Mi pareja se levanta, se arregla en ese espacio que hemos aprendido a usar con una eficiencia asombrosa, desayunamos juntos en el pequeño salón que en breve se transformará, y a las ocho y media, o nueve, depende del día sale hacia su trabajo que esta a unos escasos cientos de metros. Cierra la puerta. Y de repente, la camper es mía. Es mi despacho, mi sala de reuniones, mi espacio. El salón se transforma en oficina con un portátil y una pantalla externa. Casi como en casa si no fuera por el tamaño de las pantallas y la potencia del equipo.
Hay algo extrañamente liberador en ese momento en el que me siento levanto la mirada y por suerte, hoy nos ha tocado en el lado del parque. Así que mi oficina mira a un jardín verde y fresco.
El trabajo en movimiento (aunque hoy no te muevas)
La gente asume que teletrabajar en camper significa hacerlo desde un pinar con vistas al mar. A veces es así, y reconozco que cuando hemos tenido esa situación la hemos disfrutado. Pero cuando estás en ciudad, el paisaje desde la ventana puede ser perfectamente una pared de una casa, una ventana de alguien (solemos huir de esto para no molestar), o una calle de extrarradio o —si has tenido suerte— una plaza con árboles y una terraza de bar al fondo donde te vas a tomar el café de las once. En mi caso, que ya tengo el sitio buscado un maravilloso parque con varias cafeterías a la espalda de los edificios del otro lado.
Lo que sí es verdad es que la conexión a internet lo es todo. Yo trabajo con una SIM de datos y un router portátil como respaldo. Sin eso, la aventura se convierte en pesadilla. Las reuniones por videollamada requieren estabilidad, y he aprendido por las malas que el wifi de un centro comercial o cualquier establecimiento cercano no es una solución cuando tienes una reunión en veinte minutos.
La organización del espacio también importa más de lo que parece. Cuando teletrabajamos los dos, tengo una pequeña mesa plegable que monto cada mañana, el sillón del copiloto se gira y a trabajar. Cabemos los dos con dos portátiles y en ocasiones la pantalla externa. No es un despacho de diseño, pero es funcional. Y en los descansos, tengo vistas. Eso no lo tiene cualquier oficina.
Lo que nadie te cuenta de esta vida
Hay una soledad peculiar en esto. No es la soledad del que está aislado, sino la del que está en medio de la ciudad pero fuera de ella. Mi pareja comparte cafés con compañeros, tiene esas conversaciones de pasillo que, aunque a veces parecen una pérdida de tiempo, en realidad alimentan algo que yo echo de menos: la sensación de pertenecer a un lugar, a una comunidad.
En estos días yo pertenezco a la camper. Y algunos días eso es maravilloso y otros días es agotador.
También está el tema de las miradas. Aparcar durante horas en la misma calle con una furgoneta camperizada en plena ciudad genera curiosidad, y a veces algo más. He tenido situaciones de lo más variopintas: se ha colado algún perrete que iba de paseo, he arrancado una furgoneta de obras que se había quedado sin batería…
Cuando ella vuelve
Lo mejor del día llega al medio día o a última hora de la tarde, cuando veo asomar por la ventana esa carita… y si no está muy cansada alguna frase risueña. Mi pareja entra, a veces cansada, a veces con historias del curro, y no le faltan las ganas de que la camper deje de ser una oficina y vuelva a ser un hogar. A veces me es más fácil recoger y otras hay que terminar lo que se tiene a medias.
Y eso también es una habilidad que hemos tenido que aprender: desconectar el modo trabajo, y entender que cada uno tiene un nivel de energía diferente: el que se llega tras un día de contacto con gente y el de alguien que está en su trabajo. La transición requiere un ritual: una sonrisa (y alguna vez un ehh!!, no nos vamos a mentir), guardo el portátil, recojo los chismes. La camper cambia a modo hogar.
Cenamos. A veces fuera, aprovechando que estamos en ciudad. A veces dentro, con la persiana del techo corrida mirando el cielo o la fachada del edificio de enfrente. Da igual. Estamos juntos en ese espacio pequeño que, de alguna forma, nos ha enseñado a valorar cada metro cuadrado y cada momento compartido mucho más que antes. Y sí también tenemos nuestros enfados como no puede ser de otra manera. Y el dormir en el sofá no es la solución jajajajaja.
¿Lo recomendaría?
Con matices, sí. Teletrabajar en camper en ciudad no es glamuroso. Es práctico, es diferente, es a veces incómodo y otras veces increíblemente liberador. Requiere organización, buena tecnología, una pareja con mucha paciencia y capacidad de adaptación, y una tolerancia alta a lo inesperado y lo simpático.
Pero también te da algo que pocas formas de trabajar ofrecen: la sensación de que tu vida no gira alrededor de tu trabajo, sino al revés. Que el trabajo es solo una parte de algo más grande que estás construyendo, aunque ese algo más grande quepa perfectamente en una furgoneta de segunda mano que has camperizado con ilusión y los ahorros de tu vida
Y eso, desde aquí, se ve bastante bien.

